Veronica Ibarra

La trampa de la comparación

Veronica Ibarra

Somos una sociedad de adictos a la comparación y en la danza urbana también es algo muy extendido. La misma naturaleza de la batalla, parte importante de esta cultura, consiste en comparar el baile de una persona con el de otra y establecer una jerarquía.
Hay que tener en cuenta que compararse es algo inevitable y que incluso puede ser saludable e inteligente. Usar referencias y buscar inspiración en otros nos hace ver lo que es posible, nos ayuda a descubrir qué queremos y nos puede motivar para mejorar. El problema empieza cuando formamos juicios de valor, poniéndonos por encima o por debajo de los demás, entonces el hábito de compararnos contamina nuestra experiencia amargándola, quitándonos bienestar y afectando a nuestra autoestima.

Solemos caer en una trampa: nos fijamos en los puntos fuertes del otro y los comparamos con nuestros puntos débiles. Pero al poner el foco en una característica que no nos gusta de nosotros mismos y compararla, no estamos teniendo en cuenta que cada persona es única, que en nuestra totalidad todos tenemos habilidades y rasgos de todo tipo, cosas que hacemos mejor o peor que otras personas. Además cada uno estamos en diferentes puntos de desarrollo sumidos en un proceso individual que no tiene nada que ver con el de los demás. No solemos tener en cuenta que cuando nos comparamos solamente vemos los resultados y no el esfuerzo que llevó llegar ahí ni que hay caminos más difíciles que otros.
Como consecuencia alimentamos nuestras inseguridades al dar más énfasis a lo que consideramos carencias y no a los rasgos positivos. Al desear ser como otro, nos mandamos un mensaje tóxico de que no somos suficiente siendo nosotros mismos y por lo tanto nos sentimos con menos libertad de desarrollar nuestra manera individual y única de bailar.

Por otro lado, el compararse suele generar envidia y resentimiento, emociones que causan que se perciba al otro bailarín como competidor en vez de como compañero con quien compartir en igualdad. Sumidos en un juego de nunca acabar en el que la meta es ir subiendo de niveles, continuamente verificando en que escalón estamos respecto a los demás para saber que valor nos merecemos tener, aquí nadie gana. Aunque nos comparemos con alguien para sentirnos por encima ya que pensamos que lo hacemos mejor, pronto volveremos a compararnos con otra persona y saldremos perdiendo. El frágil ego es sacudido continuamente ya que cree equivocadamente que su valor depende la posición que ocupa en la escalera hacia la perfección. No tiene sentido que el valor que damos a nuestro baile dependa de los logros o fallos de los demás.

La danza es muy personal, cada uno la vivimos de forma diferente y la trampa de la comparación nos está distrayendo de experimentarla de forma auténtica.